Hay un pasaje en la Biblia que nos habla de la importancia de la intercesión de María ante su hijo Jesús: las Bodas de Caná.
Tres días más tarde se celebraba una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. También fue invitado Jesús a la boda con sus discípulos. Sucedió que se terminó el vino pre parado para la boda, y se quedaron sin vino. Entonces la madre de Jesús le dijo: «No tienen vino.» Jesús le respondió: «Qué quieres de mí, Mujer? Aún no ha llegado mi hora.»
Juan 2, 1-11
Pero su madre dijo a los sirvientes: «Hagan lo que él les diga.»
Había allí seis recipientes de piedra, de los que usan los judíos para sus purificaciones, de unos cien litros de capacidad cada uno. Jesús dijo: «Llenen de agua esos recipientes.» Y los llenaron hasta el borde. «Saquen ahora, les dijo, y llévenle al mayordomo.» Y ellos se lo llevaron.
Después de probar el agua convertida en vino, el mayordomo llamó al novio, pues no sabía de dónde provenía, a pesar de que lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua. Y le dijo: «Todo el mundo sirve al principio el vino mejor, y cuando ya todos han bebido bastante, les dan el de menos calidad; pero tú has dejado el mejor vino para el final.»
Esta señal milagrosa fue la primera, y Jesús la hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él.
En qué consistió el milagro de Caná? Alimento a miles de hambrientos? NO. Sanó a algún enfermo? NO. Salvó la vida de alguien? NO. Consistió en proveer del licor del brindis de un matrimonio. Y lo hizo porque su madre a quien tanto amaba se lo pidió. Si por su intercesión pueden alcanzarse cosas tan triviales, pueden imaginarse para las cosas realmente necesarias e importantes? Conozcamos más de cerca a la Madre de Jesús y hasta donde puede interceder por nosotros.
Los relatos bíblicos sobre María
El evangelio de Lucas nos da suficiente información:
- María en el relato del nacimiento (Lucas 1 y 2)
- María en el ministerio público de Jesús (tres pasajes en Lucas.)
- María en la comunidad de Jerusalén (Hechos 1,14)
María en el relato del nacimiento (LUCAS 1 y 2)

No hay manera de comenzar a hablar de María sino como la Madre de Jesús.
El primer texto es la “vocación” de maría (Lucas 1, 26-38).
Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una joven virgen que estaba comprometida en matrimonio con un hombre llamado José, de la familia de David. La virgen se llamaba María. Llegó el ángel hasta ella y le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.» María quedó muy conmovida al oír estas palabras, y se preguntaba qué significaría tal saludo. Pero el ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado el favor de Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, al que pondrás el nombre de Jesús. Será grande y justamente será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su antepasado David; gobernará por siempre al pueblo de Jacob y su reinado no terminará jamás.» María entonces dijo al ángel: «¿Cómo puede ser eso, si yo soy virgen?» Contestó el ángel: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel está esperando un hijo en su vejez, y aunque no podía tener familia, se encuentra ya en el sexto mes del embarazo. Para Dios, nada es imposible.» Dijo María: «Yo soy la servidora del Señor, hágase en mí tal como has dicho.» Después la dejó el ángel.
Lucas 1, 26-38
A continuación se señalan algunos aspectos relevantes.
Ante todo, el texto demuestra que es mucho más que una narración del hecho sino más bien es el producto de una reflexión cristológica posterior a la resurrección; es clave el versículo 35 que revela a la Trinidad: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Dios altísimo se posará sobre ti. Por eso, el niño que va a nacer será llamado Hijo de Dios (Lc 1,35).
Otro versículo clave es el v.38: He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra. Revela la actitud del creyente, que se hace obediente y se convierte así en la primera discípula.
El saludo del ángel no es menos complejo, v.28: llena de gracia. Algunos lo interpretan como colmada del favor divino y de todos sus dones sobrenaturales, con tres rasgos fundamentales: a) una gracia que viene de Dios y produce un efecto en María; b) la gracia es anterior a la maternidad , pero… c) la gracia está en función de su maternidad divina. Los estudiosos hacen hincapié en que “llena de gracia” pone más énfasis en el resultado obtenido que en el estado de la persona como tal.
Inmediatamente después de la anunciación viene la visitación. Isabel proclama (v. 42): Bendita eres tú entre las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre. En Bendita entre las mujeres se reconoce que Dios ha empleado a María en su plan de salvación, como ya lo había hecho con Jael (Jueces 5,24) y Judith (Jdt. 13,18). Por otro lado bendito es el fruto de tu vientre rememora la promesa de Moisés a Israel (Deuteronomio 28, 1-4) y recalca la fuente de la bendición de María.
Luego del anuncio y la visitación viene el nacimiento (cap. 2). Llaman la atención dos aspectos: primero, luego de nueve meses de embarazo María siga siendo la “prometida” de José (v.5) y no su esposa o su mujer; algunos piensan que es para enfatizar el hecho de que sigue siendo virgen para el momento del nacimiento; segundo, la expresión María guardaba todas estas cosas en su corazón se repite dos veces (v. 19 y 51). Lucas acentúa el carácter de María como discípula. Es un rasgo de la comunidad post pascual asimilar la palabra de Dios y guardarla en el corazón.
Respecto al cumplimiento de los ritos judíos se destacan algunos elementos: al llamar a Jesús “primogénito” (v.23) no es para decir que es el primero entre varios hermanos, sino para indicar que se debe cumplir con los preceptos aplicables al primer hijo (Exodo 13,1.11-16). Por otro lado, al indicar que se cumplen los preceptos, revela la actitud de piedad. Jesús y María eran personas piadosas.
En el Nunc dimittis (v.34y35) Simeón alaba a Dios y bendice a María; para algunos exégetas la figura de una espada atravesando el alma de María, describe presumiblemente el difícil proceso por el que aprende que la obediencia a la palabra de Dios trasciende los lazos familiares, más que hacer referencia al sufrimiento de María al pie de la Cruz. Es la prueba para todo el que decide el camino de Jesús. Una vez más Lucas resalta el carácter de María como discípula.
En la escena de Jesús se pierde y lo encuentran en el templo. Tiende a interpretarse la respuesta de Jesús como un reclamo áspero a su madre: ¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que tengo que estar en la casa de mi Padre? (v.49). Pero por el contrario, se trata de una observación cargada de pena por no comprender el alcance de los designios divinos, reafirmada luego en el v. 50: Pero ellos no entendieron lo que les decía. Y a pesar de no comprender, se recalca la aceptación sin condiciones del plan de Dios (v.51). Finalmente se entiende el centro de la narración: María es grande por ser obediente.
María en el ministerio público de Jesús

Tres textos son relevantes:
- Jesús es rechazado en Nazaret (Lcucas 4,16-30). Lucas de manera deliberada omite a María en el cuestionamiento que hace la gente: ¿No es este el hijo de José? (v.22), a diferencia de Marcos (Marcos 6,1ss) y Mateo (Mateo 13,53ss) que añaden a María. Subyace la idea de que María no figura para quienes rechacen a Jesús.
- La madre, los hermanos y la familia de Jesús (Lucas 8,19-21). Lucas elimina aquí una pregunta que hacen Marcos y Mateo: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?”. Al estar precedida de la parábola del sembrador, Lucas intenta poner de relieve así el criterio para ser familia de Jesús, la semilla que cae en tierra buena: oír la Palabra de Dios y cumplirla.
- La dicha de la madre de Jesús (Lucas11,27-28): una mujer entre la gente gritó: ¡Dichosa la mujer que te dio a luz y te crió! Él contestó: ¡Dichosos más bien quienes escuchan lo que Dios dice, y lo obedecen!. Una vez más se resalta la virtud de la obediencia.
La dicha de María se basa en que ha oído, creído, obedecido, guardado y meditado la palabra de Dios, al momento de la anunciación, en el nacimiento y en la vida de Jesús.
María en la comunidad de Jerusalén

Todos ellos se reunían siempre para orar con algunas mujeres, con María, la madre de Jesús, y con sus hermanos (Hechos 1,14). Lucas insiste en este texto en dos ideas fundamentales: primero, María pertenece a la Iglesia post pascual, y está presente en ella; segundo, la actitud de María no ha cambiado, es la mujer piadosa entregada a la oración.
Pero progresivamente la comunidad cristiana empezó a celebrar en la fe algunos rasgos relevantes de María.
Una vez que las primeras comunidades cristianas vieron la importancia de la presencia de María en medio de la fe de la Iglesia, el afecto hacia ella no se hizo esperar, y desde la fe, el cariño, la devoción y la celebración comienzan a gestarse los dogmas marianos. Luego de esta fe vivida, vino la reflexión teológica. La primera expresión de cariño fue llamarla Madre. Y esto se deriva de inmediato del texto de San Juan: Cuando Jesús vio a su madre, y junto a ella al discípulo a quien él quería mucho, dijo a su madre: —Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego le dijo al discípulo: —Ahí tienes a tu madre. Desde entonces, ese discípulo la recibió en su casa. (Juan 19, 26-27). Y desde entonces todos los cristianos la acogían como SU Madre.
Ya desde el Siglo II los Santos Padres expresaban la fe popular de los creyentes llamándola Madre, y en el Siglo III aparece la expresión “Madre de Dios” (Theotókos, mencionado por San Atanasio al menos unas 12 veces). Esto no significa teológicamente “madre de la divinidad”, sino “madre del Verbo encarnado”. Así quedó definido en el Concilio de Efeso, el año 431.
Luego más adelante se la celebraba como siempre Virgen; la real y perpetua virginidad incluso en el acto de dar a luz el Hijo de Dios hecho hombre, sin haber concebido otros hijos. El Segundo concilio de Constantinopla (año 553) le otorgó a María el título de «siempre virgen».
Hubo que esperar varios siglos más para el siguiente dogma: aunque desde 1476 se celebra la fiesta de la inmaculada concepción, no fue sino en 1854 que el Papa Pío IX lo hace oficial: María es preservada de toda mancha de pecado, desde el primer instante de su vida. Más tarde en 1858, en la aparición de la Virgen de Lourdes en Francia, María se identificaba con ese título: “Yo soy la Inmaculada Concepción”, confirmando así el dogma con sus palabras.
Finalmente en 1950 se proclama que María fue llevada al cielo en cuerpo y alma a la gloria celestial. Ya lo rezábamos en el Santo Rosario. El dogma no deja claro si fue llevada al cielo después de su muerte o todavía en vida, sino que Dios Omnipotente, para honra de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y la muerte, otorgó a María su peculiar benevolencia llevando su cuerpo junto.
Pero los cristianos aún aguardamos un quinto y último dogma mariano: María como Corredentora, Mediadora de todas las gracias y Abogada de todo el género humano. La devoción popular de la Medalla de la Milagrosa, simbólicamente ha ayudado a entenderlo. Jesús obró la redención y María cooperó con Él, con su sufrimiento y el dolor de ver a su Hijo traspasado en la Cruz. Y se cumplen las palabras de Simeón: Y a ti, una espada te atravesará el alma (Lucas 2,35). María con su dolor nos gesta en la Cruz, la Madre que intercede abogando por nosotros. Es por eso y para eso que padeció junto a Su Hijo en la Cruz: para ser nuestra Corredentora, Medianera o Mediadora (alcanzarnos y darnos las gracias de la redención por medio de su intercesión maternal) y Abogada (que interviene en nuestra defensa e intercede por nosotros). Luego de una serie de apariciones y advocaciones lo han venido reconfirmando desde la devoción popular y con el tiempo se han traducido en las Letanías, que no son sino un hermoso recital de dulces palabras de amor y afecto para nuestra Madre… Los invito a que cada quien improvise las suyas, como “madrecita linda, madrecita querida, mamaíta del cielo, mamita bella…” lo que les brote del corazón.
Pero además de los argumentos teológicos, tenemos la evidencia de unas 2500 “mariofanías” (apariciones de María) a lo largo de la historia y en distintos países en todo el mundo. En casi todas María se presenta como Madre.
Son incontables los milagros atribuidos a la Madre de Jesús, obrados NO por ella misma, sino como eficaz intercesora entre su Hijo y nosotros. Es Jesús quien nos concedes tales gracias atendiendo las súplicas de su Madre, tal como ocurrió en las bodas de Caná, cuando Jesús convierte el agua en vino en la celebración de un matrimonio. La siguiente anécdota ilustra de manera ejemplar este tema:
En cierta ocasión, un protestante le pregunta a un católico: «cuando tienes una enfermedad acudes al médico o a la madre del médico», y el católico sin titubear responde: «al médico»; y el protestante le dice: «por qué entonces recurren a María en lugar de a su hijo Jesús?», a lo que el católico responde: «porque la madre del médico nos consigue la cita más rápido con su hijo».
María no es una diosa más para adorar; es una madre cariñosa para querer.
