Jesús no propuso una fe para vivir en forma individual, sino para vivir y celebrar en comunidad. La Iglesia fue fundada por Jesucristo. Escogió doce apóstoles para que la apacentaran como un pastor a su rebaño y puso a Pedro a la cabeza; junto a ellas estaban miles de discípulos, que eran todos los seguidores de Jesús. Hoy en día los sucesores de los apóstoles son los obispos, el sucesor de Pedro es el Papa, y todos los bautizados somos los discípulos.
Cuando Jesús envió a los discípulos no los envió en forma individual sino en parejas, de dos en dos (Lucas 10, 1ss). En la Biblia no dice como vivían los primeros cristianos: “Todos los que habían creído vivían unidos; compartían todo cuanto tenían, vendían sus bienes y propiedades y repartían después el dinero entre todos según las necesidades de cada uno. Todos los días se reunían en el Templo con entusiasmo, partían el pan en sus casas y compartían la comida con alegría y con gran sencillez de corazón. Alababan a Dios y se ganaban la simpatía de todo el pueblo; y el Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se iban salvando.” (Hechos de los Apóstoles 2, 44-47). Queda claro que la fe se vive y celebra en la comunidad de creyentes, que es la Iglesia.
Algunas personas juzgan a la Iglesia más por sus errores que por sus contribuciones a la sociedad. Cabe recordar las palaras del Papa Francisco: “La Iglesia no es un museo de santos, sino un hospital de pecadores”. Todos los seres humanos estamos recorriendo un camino de crecimiento espiritual, nadie es perfecto, todos cometemos errores, todos estamos necesitados de la gracia de Dios, y quienes hacemos vida en la Iglesia debemos ser los primeros en reconocerlo; por eso antes de comulgar en la misa siempre decimos “Señor no soy digno de que entres en mi casa….”. Quien se fija en los pecados de los demás, también comete un grave error, pues dice Jesús “el que trata a su hermano de renegado de la fe, merece ser arrojado al fuego del infierno” (Mateo 5, 22). De modo que nadie puede poner como excusa que no va a la Iglesia porque allí hay gente hipócrita o pecadora.
En la Iglesia, Jesús también nos ha dejado a su propia madre como madre nuestra. Tres textos de la Biblia son particularmente significativos:
- María es Madre. Juan 19, 26-27: (estando Jesús en la Cruz…) “Jesús, al ver a la Madre y junto a ella al discípulo que más quería, dijo a la Madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Después dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa.”.
- María es eficaz intercesora ante su hijo. Juan 2, 1-11: “Tres días más tarde se celebraba una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. También fue invitado Jesús a la boda con sus discípulos. Sucedió que se terminó el vino preparado para la boda, y se quedaron sin vino. Entonces la madre de Jesús le dijo: «No tienen vino.» Jesús le respondió: «Qué quieres de mí, Mujer? Aún no ha llegado mi hora.» Pero su madre dijo a los sirvientes: «Hagan lo que él les diga.» Había allí seis recipientes de piedra, de los que usan los judíos para sus purificaciones, de unos cien litros de capacidad cada uno. Jesús dijo: «Llenen de agua esos recipientes.» Y los llenaron hasta el borde. «Saquen ahora, les dijo, y llévenle al mayordomo.» Y ellos se lo llevaron. Después de probar el agua convertida en vino, el mayordomo llamó al novio, pues no sabía de dónde provenía, a pesar de que lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua. Y le dijo: «Todo el mundo sirve al principio el vino mejor, y cuando ya todos han bebido bastante, les dan el de menos calidad; pero tú has dejado el mejor vino para el final.» Esta señal milagrosa fue la primera, y Jesús la hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él.”
- María está con los discípulos de Jesús. Hechos 1, 14: “Todos ellos perseveraban juntos en la oración en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos.”.
En este camino de crecimiento espiritual también ayuda mucho conocer la vida de aquellos que nos precedieron, que tuvieron que recorrer igual que nosotros el camino de la fe, y que lograron alcanzar la santidad. En particular debemos fijar nuestra atención sobre los santos laicos, aquellos que debieron trabajar para el sustento de sus familias, que atravesaron los problemas cotidianos de una persona ordinaria.
La invitación es entonces a vivir y celebrar la fe en la comunidad fundada por Jesucristo que es la Iglesia, a pedir a María que interceda por nosotros y nos acompañe en este proceso de crecimiento espiritual, y a inspirarnos en la vida de personas ordinarias como nosotros que alcanzaron la meta del encuentro con Dios.
