1. La experiencia de Dios

El objetivo final de este itinerario espiritual es alcanzar la “Experiencia de Dios”, la intuición de su existencia, esa certeza inequívoca de su presencia en nuestras vidas, de sentirse amados por El. Karl Rhaner, un renombrado teólogo del siglo XX, decía que el cristiano del futuro o será un “místico”, es decir, una persona que ha “experimentado” algo, o no será cristiano. Y es que en la sociedad del siglo XXI las personas por lo general estén acostumbradas a la comprobación científica de los hechos para aceptarlos como ciertos; en ese contexto, cómo relacionarse con un Dios invisible, ajeno a los sentidos y a la ciencia?

Los sentimientos también escapan a los sentidos; aunque fisiológicamente podemos explicar cuáles son los neurotransmisores o sustancias químicas que se liberan en nuestro cerebro cuando sentimos amor, tristeza, odio, aún no existe una forma de medirlos, de recrearlos en laboratorio; simplemente, los sentimos en nuestro propio ser, los experimentamos, los vivimos. Así se manifiesta Dios en nuestra conciencia.

Millones de personas a lo largo de la historia han afirmado que a Dios se le puede conocer. Pero yo no te quiero hablar de lo que han experimentado otras personas; te quiero hablar de lo que he visto y oído, de mi propia experiencia.

En la experiencia de Dios, El se revela a si mismo en nosotros, experimentamos su inmenso amor, y lo que señalaba al comienzo: la intuición de su existencia, la certeza inequívoca de su presencia en nuestras vidas y a partir de la cual iniciamos una relación personal e íntima con Dios. Una vez que sabes que está allí, no se le puede ignorar.

“Experimentar” significa “verificar viajando, dirigiéndose al lugar”; conocer metiéndose en una realidad, viviéndola por dentro. Se tiene experiencia no sólo cuando se conoce una cosa, sino también cuando el sujeto se relaciona con aquello que conoce. Así, por la experiencia se entiende aquel tipo de conocimiento “degustado”, con el que se llega a saber-conocer cosas, no por noticias externas, sino por haberlas vivido y sufrido en el interior del propio ser.

El acontecimiento espiritual posee un nivel subjetivo, del cual se puede decir muy poco, puesto que constituye un acontecimiento personal, íntimo, sustancialmente incomunicable, pero en torno a él se va elaborando una verdadera y propia experiencia en la que toman forma representaciones, reflexiones, juicios, la valoración e interpretación de lo que acontece en nuestras vidas, mediante los cuales el acontecimiento espiritual se hace inspirador de la acción y del comportamiento. Bajo el empuje de este desarrollo el acontecimiento espiritual se transforma en experiencia de la trascendencia. No la podemos ver ni tocar, pero sabemos que está allí.

Desde el punto de vista psicológico, se puede afirmar que la FE ha madurado cuando se convierte en el factor integrador de la personalidad, es decir cuando todas nuestras decisiones y acciones giran en torno a la Fe que profesamos, al Dios que amamos. Y esta maduración alcanza un clímax en la experiencia de Dios. A partir de allí todo se ve de manera diferente, y la fe se convierte en entonces en el criterio para nuestras valoraciones y toma de decisiones en los demás aspectos de nuestra vida.

Por eso los grandes místicos hablan de la “segunda conversión”. Un místico es una persona que logra tener encuentros tan intensos con Dios, que pone toda su vida en función del amor a Dios y al prójimo, como por ejemplo San Francisco de Asís o Santa Teresa de Ávila, entre muchos otros.

Pero la experiencia de Dios no es solo un evento unilateral, que depende únicamente de nuestra conciencia, de nuestra voluntad, acerca de un fenómeno llamado Dios. Es una relación. Del mismo modo, cuando se experimenta amor, se requieren al menos dos personas que se aman. Entonces la experiencia de Dios no consiste solo en saber que El existe de verdad, no es un simple acto intelectual; significa haber iniciado una relación cercana con El, una relación de amor y amistad.

Veamos tan solo dos versículos de la Biblia, donde Jesús le explicaba a sus discípulos el tipo de relación que espera de nosotros. En el primero va al grano, el amor; una persona le preguntó: “«Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la Ley?». Jesús le dijo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el gran mandamiento, el primero.” (Mateo 22, 36-38). Mas claro imposible. No se trata de admitir intelectualmente su existencia, sino que se trata de amarlo, es lo que espera de nosotros.

En el segundo se destaca la amistad: “No hay amor más grande que dar la vida por sus amigos, y son ustedes mis amigos si cumplen lo que les mando. Ya no les llamo servidores, porque un servidor no sabe lo que hace su patrón. Los llamo amigos.” (Juan 15, 13-15).

De modo Dios no espera de nosotros el reconocimiento como de un vasallo. Él espera que le amemos, que estrechemos con Él una profundad relación de amistad. Pero para llegar a esto el primero se nos revela a través de la “experiencia de Dios”.

Este recorrido no podemos hacerlo sin la ayuda del mismo Dios. Hay que pedirle que nos permita conocerlo y El con seguridad enviará su Espíritu Santo para asistirnos. El mismo Jesús le dijo a sus Apóstoles: “el Espíritu Santo, el Intérprete que el Padre les va a enviar en mi Nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho.” (Juan 14, 26). San Pablo nos dice también en la Biblia: “Ni ojo vio, ni oído oyó, ni por mente humana han pasado las cosas que Dios ha preparado para los que lo aman. Pero a nosotros nos lo reveló Dios por medio de su Espíritu, pues el Espíritu escudriña todo, hasta las profundidades de Dios.” (2da Corintios 2, 9-10).

Dios siempre se ha revelado a quienes lo buscan con sincero corazón. Nos dice la Biblia: “Cuando me invoquen y vengan a suplicarme, yo los escucharé; y cuando me busquen me encontrarán, siempre que me imploren con todo su corazón. Entonces haré que me encuentren” (Jeremías 29, 13-14). También dijo Jesús: “Pidan y se les dará; busquen y hallarán; llamen y se les abrirá la puerta. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y se abrirá la puerta al que llama.” (Mateo 7, 7-8).

La invitación es entonces a transitar los caminos de este itinerario espiritual, para vivir la experiencia de Dios, y a partir de allí estrechar nuestra relación de amistad y amor con Él.

2. Asombrarse ante la creación

El primer paso para recorrer este camino espiritual, es dejarse asombrar por la maravilla de la creación. Dice un texto en la Biblia: “El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos: el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra. Sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje.” (Salmo 19)

Te sugiero que una noche cualquiera, mires el cielo y trates de imaginar la infinitud del universo, sus extraordinarias dimensiones, y entonces te descubrirás a ti mismo como un minúsculo puntito.

La ciencia alcanza a comprender todo el proceso evolutivo del universo y de la vida, pero aún hay muchas preguntas que no alcanzan a responder. De acuerdo a la ciencia, todo el universo surgió de la expansión de una partícula más pequeña que un átomo, el evento llamado Big Bang, pero se desconoce por qué ocurrió. Se sabe cómo funciona la biología celular, pero se desconoce por qué surge la vida, como se pasó de la materia inerte y sin vida, a los seres animados, con vida.

Se comprende el funcionamiento de la molécula de ADN, pero se desconoce que impulsó su aparición y evolución. Es maravilloso ver cómo esa pequeña molécula es un complejo código desarrollado a partir de la combinación de apenas cuatro caracteres, y que es capaz de contener toda la información de un ser vivo, de cada uno de sus órganos, y asigna a cada célula del cuerpo una función específica.

Es verdaderamente asombroso ver la coincidencia de elementos y condiciones presentes en nuestro planeta para posibilitar el surgimiento y desarrollo de la vida.

El planeta que habitamos está repleto de una gran diversidad de especies vivas, con una belleza extraordinaria, en un equilibrio que apenas logramos comprender.

Luego estamos nosotros mismos, los seres humanos. El rasgo más inquietante para la ciencia es la “autoconciencia”. Se comprende la fisiología del cerebro, pero no cómo es que tenemos conciencia. ¿Cómo tengo conciencia de mí mismo? ¿Que yo soy yo? ¿Cómo es que estoy consciente y reconozco el mundo que me rodea? ¿Cómo tengo conciencia de que interactúo con otras personas?.

Luego está la “neuroplasticidad”. Esa fabulosa capacidad de aprender cosas nuevas. Le sigue el “lenguaje”, que no es simplemente la habilidad de comunicarnos, sino la capacidad de pensar y elaborar conceptos, pues pensamos en un lenguaje. Tenemos los sentidos que nos permiten percibir el entorno: la vista, el oído, el gusto, el olfato y el tacto. Pero también tenemos un sentido intangible: la intuición de lo espiritual. Pero al igual que los cinco sentidos, la intuición de lo espiritual debe ser desarrollada.

Así como un músico es capaz de reconocer diferencias sutiles entre sonidos, o como un artista plástico es capaz de percibir sutiles diferencias entre tonalidades de un mismo color, o un catador percibe diferencias de aromas y sabores, así también si desarrollamos la intuición de lo espiritual, podremos también aprender a percibir la presencia de Dios. El primer paso, asombrarse ante la maravilla de la creación y reconocerse uno mismo como parte de ella.

3. La oración

En cierta ocasión Jesús dijo a sus discípulos:

«Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. Toda rama que no da fruto en mí la corta. Y todo sarmiento que da fruto lo limpia para que dé más fruto. Ustedes ya están limpios gracias a la palabra que les he anunciado, pero permanezcan en mí como yo permanezco en ustedes. Un sarmiento no puede producir fruto por sí mismo si no permanece unido a la vid; tampoco ustedes pueden producir fruto si no permanecen en mí. Yo soy la vid y ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, pero sin mí no pueden hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran y se seca; como a los sarmientos, que los amontonan, se echan al fuego y se queman. Mientras ustedes permanezcan en mí y mis palabras permanezcan en ustedes, pidan lo que quieran y lo conseguirán. (Juan 15, 1-7)

Nos mantenemos unidos a Cristo a través de la oración, la lectura de la Biblia y los sacramentos. Esta sección la dedicamos a la oración.

Orar es hablar con Dios. Como todo acto de comunicación con la persona que se ama, la oración puede tener distintas formas, distintos momentos, distintas intensidades. En muchas partes de la Biblia se hace la comparación del amor de esposos entre Dios y su pueblo; el Cantar de los Cantares es un libro dedicado enteramente a ese tema. Pensemos entonces en la comunicación en una pareja para entender mejor como debería ser nuestra comunicación con Dios.

La comunicación básica es el “saludo” en los distintos momentos del día: al despertar, al acostarse, en los encuentros cotidianos. Saludar a Dios al despertar ayuda a tenerlo presente el resto del día. Dice un libro de la Biblia: “amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas… repíteselo a tus hijos, habla de ellos tanto en casa como cuando estés de viaje, cuando te acuestes y cuando te levantes.” (Deuteronomio 6, 5.7). La oración no se solo en un momento del día; es una actitud permanente durante todo el día, es tener presente a Dios en todo momento.

Hay momentos que forman parte de la cotidianidad de la pareja, como cuando comen juntos o cuando van juntos caminando, en el carro o el transporte. En estos momentos podemos usar las oraciones o cantos que aprendemos de memoria. Requisito indispensable: no repetir las oraciones como loros, dichas al viento, sin estar conscientes de los que se dice. Jesús también nos lo advierte: “Cuando pidan a Dios, no imiten a los paganos con sus letanías interminables: ellos creen que un bombardeo de palabras hará que se los oiga.” (Mateo 6, 7). Rezar una oración aprendida es como recitar un poema a la persona que se ama, poniéndole sentimiento, degustando cada palabra, ofreciéndola con el corazón.

Luego están los momentos de mayor intensidad, como cuando los esposos se encuentran en la intimidad, y dedicamos un tiempo especial para estar en unión con Dios; Jesús nos deja ver que es un momento íntimo: “tú cuando ores, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está allí, a solas contigo.” (Mateo 6, 6). En estos nos comunicamos mentalmente con Dios, pensamos en Él y le hablamos desde nuestra mente; podemos valernos de la lectura de algún pasaje la Biblia, alguna oración aprendida, o algún Salmo para ir complementando la oración mental. Lo más difícil es no distraerse, por eso Santa Teresa llamaba a la imaginación “la loca de la casa”. Suele ocurrir sobre todo al comienzo, pero poco a poco vas aprendiendo a mantenerte centrado en tu encuentro íntimo con Dios.

Si no estas acostumbrado a hacer oración, lo primero que se necesita es la formación de hábitos. Es lo más difícil al comienzo, pero al hacerse un hábito, ya forma parte de tu rutina diaria. Para formar hábitos debemos recurrir a algunos recursos muy sencillos. Por ejemplo, colocar en distintas partes de tu casa fotos o imágenes de Jesús. Debes tener una en tu cuarto, cerca de tu cama, y que sea lo primero que veas al despertar. Así, apenas abras tus ojos verás la imagen y recordarás saludar al Señor, o al acostarte le das las buenas noches. Si además colocas imágenes en distintas partes de tu casa, salúdalo cada vez que veas su imagen y eso te ayudará a tenerlo siempre presente.

Es conveniente tener algunas oraciones para rezarlas a diario en los momentos clave del día: al despertar, al iniciar la faena diaria, al acostarse. En este enlace te dejo varias oraciones.

Otro recurso es escuchar de vez en cuando música religiosa, la que más te guste, el ritmo que mejor te conecte con Dios. Muchas parejas tienen un tema musical que al escucharlo renuevan el amor que se profesan. Así mismo, escoge algunos temas que te permitan experimentar el amor que sientes por Dios, y escúchalos de vez en cuando, alternándolos, para que la rutina no los vacío de emoción y sentido.

Para los momentos de intimidad con Dios, lo conveniente es apartar un tiempo en tu rutina diaria. Tratar de que sea siempre a la misma hora, un tiempo que dediques de manera especial a la oración. Es bastante difícil planificar un tiempo libre en la agenda cuando estamos cargados de responsabilidades. Para algunos el momento ideal es en la noche antes de ir a dormir, mientras que para otros el mejor momento es en la mañana al despertar. Pero si tu día suele estar muy complicado y terminas acostándote muy cansado en la noche puedes probar al despertar quedándote unos minutos en tu cama y dedícalos a conversar con Dios; otra opción es buscar algún momento durante el día, como los minutos que restan después de almorzar; cada quién debe evaluar su propio ritmo.

Algunas sugerencias de oraciones:

  • El Santo Rosario. Pero, ATENCION!, no debes rezarlo a la carrera; la meta no es completar los 50 avemarías. Es mejor rezar solo 10 avemarías bien “degustados”, que rezar los 50 sin saber lo que se dijo. María la Madre de Jesús nos pide rezarlo a diario y muchos santos nos lo recomiendan. Te sugiero conocer el origen del Ave María y del Santo Rosario.
  • El rezo de Salmos. En la Biblia está el libro de los Salmos, una extraordinaria colección de oraciones inspiradas por Dios. En la Liturgia de las Horas los encontramos organizados para rezarlos diariamente en distintos momentos del día. En este enlace tienes una versión en línea de la Liturgia de las Horas.
  • Devocionarios. Existen muchísimos libritos de oraciones que pueden ayudarnos en el camino de la oración. Recuerda que NO es solo leer… es leer desde el corazón, dirigiéndose a alguien, recitándole a Dios.

Recuerda que en todo proceso de crecimiento espiritual necesitas la ayuda del Espíritu Santo. La invitación es entonces a pedir al Espíritu Santo la ayuda necesaria para mejorar la vida de oración.

4. La Palabra de Dios

Hemos dicho que nos mantenemos unidos a Cristo a través de la oración, la lectura de la Biblia y los sacramentos. Esta sección la dedicamos a la Biblia, Palabra de Dios.

Leer la Biblia no es como leer un libro cualquiera. La lectura meditada de la Biblia transforma lentamente al lector. Veamos dos textos tomados de ella:

“En efecto, la palabra de Dios es viva y eficaz, más penetrante que espada de doble filo, y penetra hasta donde se dividen el alma y el espíritu, las articulaciones y los tuétanos, haciendo un discernimiento de los deseos y los pensamientos más íntimos. No hay criatura a la que su luz no pueda penetrar; todo queda desnudo y al descubierto a los ojos de aquél al que rendiremos cuentas.” (Hebreos 4, 12-13)

“Como baja la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y haberla hecho germinar, para que dé la simiente para sembrar y el pan para comer, así será la palabra que salga de mi boca. No volverá a mí con las manos vacías sino después de haber hecho lo que yo quería, y haber llevado a cabo lo que le encargué.” (Isaias 55, 10-11).

 Hay distintas formas de aproximarnos a las Sagradas Escrituras, pero en cualquier caso, siempre debe pedirse la asistencia del Espíritu Santo. También dice la Biblia  “cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, los guiará en todos los caminos de la verdad.” (Juan 16, 13). Sólo a la luz del Espíritu Santo los textos bíblicos nos van revelando un sentido particular, más allá de lo explícito en el propio texto. Va dando significados a los acontecimientos de la propia vida.

Lo primero que se requiere es familiarizarse con su origen, su historia y cómo está organizada. No es un libro mágico bajado del cielo, sino que a lo largo de varios siglos Dios inspiró a distintos escritores para que pusieran por escrito su mensaje, y es por eso que encontramos en ella algunas cosas marcadas por el contexto histórico y cultural del escritor, carentes de sentido para nosotros.

Lo más recomendable es marcar una ruta de lectura. Las primeras rutas deben ir enfocadas en conocer mejor a Jesús. El Evangelio de Marcos te proporciona una mirada rápida a la vida de Jesús. Luego, para conocer un poco más la dimensión divina de Jesús, Hijo de Dios, puedes leer el Evangelio de Juan y luego sus 3 cartas. Conocer con mayor profundidad lo que significa intentar seguir a Jesús, la ruta que te propongo es el Evangelio de Lucas, los Hechos de los Apóstoles, y las cartas del Nuevo Testamento.

Al leer los Evangelios, cada día debe leerse un episodio o escena, buscar si tiene paralelos en otros los Evangelios, leer los comentarios al pie de página, y más que interpretar lo que se lee, lo que debe buscarse es el significado más allá de lo evidente, que sentido tiene para tu vida.

Para orar te recomiendo los Salmos. Para nutrir el espíritu con enseñanzas espirituales tenemos los libros de los Proverbios, la Sabiduría, el Eclesiastés, el Eclesiástico. Estos libros contienen enseñanzas y consejos prácticos para la vida. Para conocer la historia del pueblo de Dios, puedes leer los primeros cinco libros (Génesis, Éxodo, Números, Levítico y Deuteronomio), luego los libros históricos y los libros proféticos, todos del Antiguo Testamento.

Recuerda que no debe ser una lectura apresurada, y que tienes toda una vida por delante, con el tiempo suficiente para leerla. Debe ser una lectura degustada, meditada. Y como en todo este proceso espiritual, debes pedir la luz del Espíritu Santo, y descubrirás con asombro aspectos que tienen un especial significado para ti.

5. Liturgia y sacramentos

Los sacramentos son signos que comunican eficazmente la gracia de Dios y fueron instituidos por el mismo Jesucristo: el bautismo, la confirmación, la Eucaristía, la reconciliación, la unción de los enfermos, el matrimonio y el orden sacerdotal. Si comunican la gracia de Dios, entonces son necesarios para la vida cristiana. Los Apóstoles que convivieron con Jesús recibieron de Él los siete sacramentos, bien como mandato directo, como en el caso del bautismo, o bien mediante el ejemplo y la predicación, como en el caso del matrimonio. Pero no todo gesto ni mandato de Jesús era considerado un sacramento, como por ejemplo el lavatorio de los pies. Los Apóstoles que convivieron con Jesús entendieron qué era un sacramento y que no, los asumieron como práctica de la iglesia naciente, y se han mantenido hasta hoy.

En tiempos los Apóstoles los primeros cristianos emplearon un documento llamado la “Didache”, escrito en el S. I,  antes de la destrucción del templo de Jerusalén en el año 70 DC, o también los escritos de San Ignacio de Antioquía. En ambos escritos ya se veía la práctica de los sacramentos. El rito de los sacramentos ha ido evolucionando con el tiempo, pero en esencia son los mismos que celebraban los Apóstoles y los primeros cristianos en el Siglo I.

Para muchas personas la misa es un rito de obligatorio cumplimiento, y para otras lo relevante está en los catos o en la predicación del sacerdote. Pero en realidad es mucho más, sin embargo, para descubrir su sentido profundo, se debe participar en ella como “oración”. Para entender esto, tomemos el ejemplo de un concierto; el cantante interpreta el tema y el público sigue con la mente la letra de la canción, y siente la melodía en su interior. Así mismo debería ser nuestra participación en la misa. El sacerdote que preside la celebración es como el cantante, y nosotros debemos involucrarnos de tal modo en su oración, que sintamos que nosotros oramos con él.

Lo primero es conocer bien las partes de la Misa. La Misa es una oración que se dirige a Dios Padre, siempre invocando la intercesión de su Hijo Jesucristo. También es importante conocer las distintas plegarias eucarísticas, para que se nos haga más fácil seguir la oración del sacerdote. Las oraciones que rezamos de forma colectiva como el Gloria o el Padre Nuestro, debemos recitarlas con sentido, como quien le habla al ser amado, con el corazón y la mente.

En la Misa ocurren varios milagros, invisibles a nuestra vista. El primero es al invocar a Dios, en las tres Divinas Personas, y se hace presente en medio de todos. Como ya lo afirmó Jesús: “donde están dos o tres reunidos en mi Nombre, allí estoy yo, en medio de ellos.” (Mateo 18, 20). Al invocarlo “En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”, DIOS SE HACE PRESENTE EN MEDIO DE TODOS!. Otro gran milagro ocurre el sacerdote consagra las especies de pan y vino, y se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo; no ocurre simbólicamente, realmente cambian su sustancia y Dios se hace alimento! En el momento específico de la consagración es el mejor momento para presentar a Dios nuestra súplicas o peticiones, pues en ese preciso momento están los ángeles de Dios recogiendo cada una de nuestras peticiones para llevarlas directamente a la presencia de Dios.

Ciertamente la falta de piedad de algunos ministros dificulta que los fieles asistentes a la celebración se hagan partícipes de su oración. Pero una vez que se conocen bien las partes de la misa, ya nos se depende tanto del ardor que el sacerdote le ponga a la celebración.

La invitación es entonces a conocer bien las partes de la Misa, para así poder participar en ellas como parte de la oración de la Iglesia.

6. La Iglesia, comunidad de hermanos en Cristo

Jesús no propuso una fe para vivir en forma individual, sino para vivir y celebrar en comunidad. La Iglesia fue fundada por Jesucristo. Escogió doce apóstoles para que la apacentaran como un pastor a su rebaño y puso a Pedro a la cabeza; junto a ellas estaban miles de discípulos, que eran todos los seguidores de Jesús. Hoy en día los sucesores de los apóstoles son los obispos, el sucesor de Pedro es el Papa, y todos los bautizados somos los discípulos.

Cuando Jesús envió a los discípulos no los envió en forma individual sino en parejas, de dos en dos  (Lucas 10, 1ss). En la Biblia no dice como vivían los primeros cristianos: “Todos los que habían creído vivían unidos; compartían todo cuanto tenían, vendían sus bienes y propiedades y repartían después el dinero entre todos según las necesidades de cada uno. Todos los días se reunían en el Templo con entusiasmo, partían el pan en sus casas y compartían la comida con alegría y con gran sencillez de corazón. Alababan a Dios y se ganaban la simpatía de todo el pueblo; y el Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se iban salvando.”  (Hechos de los Apóstoles 2, 44-47). Queda claro que la fe se vive y celebra en la comunidad de creyentes, que es la Iglesia.

Algunas personas juzgan a la Iglesia más por sus errores que por sus contribuciones a la sociedad. Cabe recordar las palaras del Papa Francisco: “La Iglesia no es un museo de santos, sino un hospital de pecadores”. Todos los seres humanos estamos recorriendo un camino de crecimiento espiritual, nadie es perfecto, todos cometemos errores, todos estamos necesitados de la gracia de Dios, y quienes hacemos vida en la Iglesia debemos ser los primeros en reconocerlo; por eso antes de comulgar en la misa siempre decimos “Señor no soy digno de que entres en mi casa….”. Quien se fija en los pecados de los demás, también comete un grave error, pues dice Jesús “el que trata a su hermano de renegado de la fe, merece ser arrojado al fuego del infierno” (Mateo 5, 22). De modo que nadie puede poner como excusa que no va a la Iglesia porque allí hay gente hipócrita o pecadora.

En la Iglesia, Jesús también nos ha dejado a su propia madre como madre nuestra. Tres textos de la Biblia son particularmente significativos:

  • María es Madre. Juan 19, 26-27: (estando Jesús en la Cruz…) “Jesús, al ver a la Madre y junto a ella al discípulo que más quería, dijo a la Madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Después dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa.”.
  • María es eficaz intercesora ante su hijo. Juan 2, 1-11: “Tres días más tarde se celebraba una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. También fue invitado Jesús a la boda con sus discípulos. Sucedió que se terminó el vino preparado para la boda, y se quedaron sin vino. Entonces la madre de Jesús le dijo: «No tienen vino.» Jesús le respondió: «Qué quieres de mí, Mujer? Aún no ha llegado mi hora.»  Pero su madre dijo a los sirvientes: «Hagan lo que él les diga.»  Había allí seis recipientes de piedra, de los que usan los judíos para sus purificaciones, de unos cien litros de capacidad cada uno. Jesús dijo: «Llenen de agua esos recipientes.» Y los llenaron hasta el borde. «Saquen ahora, les dijo, y llévenle al mayordomo.» Y ellos se lo llevaron.  Después de probar el agua convertida en vino, el mayordomo llamó al novio, pues no sabía de dónde provenía, a pesar de que lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua.  Y le dijo: «Todo el mundo sirve al principio el vino mejor, y cuando ya todos han bebido bastante, les dan el de menos calidad; pero tú has dejado el mejor vino para el final.» Esta señal milagrosa fue la primera, y Jesús la hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él.”
  • María está con los discípulos de Jesús. Hechos 1, 14: “Todos ellos perseveraban juntos en la oración en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos.”.

En este camino de crecimiento espiritual también ayuda mucho conocer la vida de aquellos que nos precedieron, que tuvieron que recorrer igual que nosotros el camino de la fe, y que lograron alcanzar la santidad. En particular debemos fijar nuestra atención sobre los santos laicos, aquellos que debieron trabajar para el sustento de sus familias, que atravesaron los problemas cotidianos de una persona ordinaria.

La invitación es entonces a vivir y celebrar la fe en la comunidad fundada por Jesucristo que es la Iglesia, a pedir a María que interceda por nosotros y nos acompañe en este proceso de crecimiento espiritual, y a inspirarnos en la vida de personas ordinarias como nosotros que alcanzaron la meta del encuentro con Dios.

7. La vida de fe: conversión permanente

Muchas religiones y sectas ofrecen beneficios en esta vida terrena y sobre esas promesas basan su estrategia de captación de feligresía. Las personas se acercan a su deidad para manipular las “energías” a su favor, y se convierte en una relación basada en el interés. Pero ya hemos visto que Dios espera de nosotros una relación basada en el amor. Las promesas de la fe cristiana van más allá de esta vida: nos ofrece la salvación, la vida eterna junto a Dios, la felicidad suprema. En el seguimiento de Jesús sin duda se lograrán muchas cosas en lo personal, pero es un camino por recorrer, con momentos de todo tipo, con alegrías y tristezas, altos y bajos, momentos buenos, momentos malos. Lo importante es mantenernos fieles en el amor.

Este camino no es fácil. En cierta ocasión, Jesús iba enseñando por ciudades y pueblos mientras se dirigía a Jerusalén. Alguien le preguntó: «Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvarán?» Jesús respondió: «Esfuércense por entrar por la puerta angosta» (Lucas 13, 22-34). Ya nos está diciendo que no es fácil. Hay una palabra clave: ESFUERCENSE!!! También nos lo recuerda Pedro en su 2da carta: «Con una esperanza así, queridos hermanos, esfuércense para que Dios los encuentre en su paz, sin mancha ni culpa.» (2 Pedro 3, 14).

La actitud del cristiano ante la vida es siempre de agradecimiento y optimismo. Nos dice la Biblia: “Estén siempre alegres, oren sin cesar y den gracias a Dios en toda ocasión; ésta es, por voluntad de Dios, su vocación de cristianos.” (1ra Tesalonicenses 5, 16-18). Y en otra parte también nos dice: “Estén siempre alegres en el Señor; se lo repito, estén alegres y tengan buen trato con todos. El Señor está cerca. No se inquieten por nada; antes bien, en toda ocasión presenten sus peticiones a Dios y junten la acción de gracias a la súplica. Y la paz de Dios, que es mayor de lo que se puede imaginar, les guardará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús.” (Filipenses 4, 4-7)

En este camino de crecimiento espiritual es un proceso continuo, que sólo acabará cuando nos toque partir de este mundo. El mismo San Pablo nos dice: “No creo haber conseguido ya la meta ni me considero un «perfecto», sino que prosigo mi carrera para conquistarla, como ya he sido conquistado por Cristo. No, hermanos, yo no me creo todavía calificado, pero para mí ahora sólo vale lo que está adelante; y olvidando lo que dejé atrás, corro hacia la meta, con los ojos puestos en el premio de la vocación celestial, que es llamada de Dios en Cristo Jesús.” (Filipenses 3, 12-14) Un ingrediente necesario es entonces la HUMILDAD. Se trata simplemente de admitir que por el hecho de ser seguidores de Jesús no somos perfectos, y siempre nos faltará mucho por mejorar. Por eso también nos dice la Biblia: “Revístanse de humildad unos para con los otros, porque Dios resiste a los orgullosos, pero da su gracia a los humildes.” (1ra Pedro 5, 5).

Pero ser humilde no significa tener una baja autoestima. Es la aceptación de uno mismo tal y como soy, con defectos pero también con virtudes. Cuando Jesús nos dijo “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 12, 31), da por sentado que tenemos amor propio.

Si nos aceptamos a nosotros mismos, entonces seremos también capaces de aceptar a los demás tal y como son. Recordemos lo que nos dice Jesús en la Biblia: “Sean compasivos como es compasivo el Padre de ustedes. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados” (Lucas 6, 36-37). El cristiano debe saber ponerse en los zapatos del otro y no juzgar de buenas a primeras, suponiendo y haciendo conjeturas sobre las cosas que creemos saber de la vida de los demás.

El cristiano también debe caracterizarse por su vocación de servicio. La Biblia está llena de versículos sobre ese tema, para basta citar las palabras de Jesús: “Hagan como el Hijo del Hombre, que no vino a ser servido, sino a servir” (Mateo 20, 28 / Marcos 10, 45). Y también: “Entonces se sentó, llamó a los Doce y les dijo: «Si alguno quiere ser el primero, que se haga el último y el servidor de todos.»” (Marcos 9, 35). La invitación es entonces a vivir a con intensidad este camino del crecimiento espiritual, con sus altos y bajos, sus primaveras y desiertos; es un camino que nunca acaba pero nos espera una gran recompensa al final de nuestra por esta vida.

8. La experiencia mística

El camino que se recorre en la búsqueda de la experiencia de Dios, tendrá algunos momentos especiales, profundamente significativos, caracterizados por éxtasis espirituales. Las experiencias místicas no están reducidas a los fenómenos extraordinarios como levitaciones, estigmas, visiones, etc, sino que se refiere más bien a una profunda experiencia interior del creyente. Son momentos en los cuales se percibe la inefable presencia de Dios, una radical experiencia de la trascendencia, un momento de unidad-comunión-presencia donde la mente y el espíritu sienten muy cerca el ardor del amor divino.

Del mismo modo que el enamorado tiende al uso de expresiones religiosas –¡te adoro!–, el místico propende a hablar de la relación religiosa en términos eróticos. En el Cantar de los Cantares Dios mismo nos pone un ejemplo de la pasión que desencadena la intensidad de su amor.

La experiencia mística no es lo esencial en la fe, no es la meta ni tampoco un premio. Es una experiencia que Dios otorga como un don para refrescar el alma del cristiano, un oasis en medio del peregrinar por el mundo. Puede significar algún avance en el camino espiritual, pero no que se haya logrado la perfección espiritual. Cabe recordar lo que dice la Biblia: “el que crea estar firme, tenga cuidado de no caer.” (1ra Corintios 10, 12).

El famoso teólogo Karl Rahner afirmaba que la vida cristiana “está mediada por el concreto encuentro amoroso con Jesús en una mística de amor”. Pero un ingrediente necesario para alcanzar tales experiencias es la mediación de la Iglesia, a través de la liturgia y los sacramentos. La mística es una realidad profundamente eclesial que se sitúa en el corazón de la Iglesia. Una mística trinitaria que despierta la oración del creyente en estos términos: «Concédenos el último deseo de nuestro corazón: el poder contemplar sin velos tu rostro y adorarte a ti con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén». (Karl Rahner).

Todos los cristianos que con devoción se mantienen firmes en el camino del crecimiento espiritual tendrán en algún momento experiencias místicas. No es un camino reservado para una élite espiritual. Sin embargo, el peligro de las experiencias místicas son las “noches oscuras” o los “desiertos espirituales” que le siguen. De pronto Dios está como ausente, ya lo hemos sentido y sabemos que está allí. Todos los grandes místicos cristianos nos lo advierten.

La invitación es pues a dedicar tiempo de calidad a la oración, la lectura de la Palabra de Dios y la participación activa en la oración litúrgica de la misa y los sacramentos, y Dios en algún momento te concederá como un inmerecido regalo extraordinarias experiencias de su presencia en tu vida.