El objetivo final de este itinerario espiritual es alcanzar la “Experiencia de Dios”, la intuición de su existencia, esa certeza inequívoca de su presencia en nuestras vidas, de sentirse amados por El. Karl Rhaner, un renombrado teólogo del siglo XX, decía que el cristiano del futuro o será un “místico”, es decir, una persona que ha “experimentado” algo, o no será cristiano. Y es que en la sociedad del siglo XXI las personas por lo general estén acostumbradas a la comprobación científica de los hechos para aceptarlos como ciertos; en ese contexto, cómo relacionarse con un Dios invisible, ajeno a los sentidos y a la ciencia?
Los sentimientos también escapan a los sentidos; aunque fisiológicamente podemos explicar cuáles son los neurotransmisores o sustancias químicas que se liberan en nuestro cerebro cuando sentimos amor, tristeza, odio, aún no existe una forma de medirlos, de recrearlos en laboratorio; simplemente, los sentimos en nuestro propio ser, los experimentamos, los vivimos. Así se manifiesta Dios en nuestra conciencia.
Millones de personas a lo largo de la historia han afirmado que a Dios se le puede conocer. Pero yo no te quiero hablar de lo que han experimentado otras personas; te quiero hablar de lo que he visto y oído, de mi propia experiencia.
En la experiencia de Dios, El se revela a si mismo en nosotros, experimentamos su inmenso amor, y lo que señalaba al comienzo: la intuición de su existencia, la certeza inequívoca de su presencia en nuestras vidas y a partir de la cual iniciamos una relación personal e íntima con Dios. Una vez que sabes que está allí, no se le puede ignorar.
“Experimentar” significa “verificar viajando, dirigiéndose al lugar”; conocer metiéndose en una realidad, viviéndola por dentro. Se tiene experiencia no sólo cuando se conoce una cosa, sino también cuando el sujeto se relaciona con aquello que conoce. Así, por la experiencia se entiende aquel tipo de conocimiento “degustado”, con el que se llega a saber-conocer cosas, no por noticias externas, sino por haberlas vivido y sufrido en el interior del propio ser.
El acontecimiento espiritual posee un nivel subjetivo, del cual se puede decir muy poco, puesto que constituye un acontecimiento personal, íntimo, sustancialmente incomunicable, pero en torno a él se va elaborando una verdadera y propia experiencia en la que toman forma representaciones, reflexiones, juicios, la valoración e interpretación de lo que acontece en nuestras vidas, mediante los cuales el acontecimiento espiritual se hace inspirador de la acción y del comportamiento. Bajo el empuje de este desarrollo el acontecimiento espiritual se transforma en experiencia de la trascendencia. No la podemos ver ni tocar, pero sabemos que está allí.
Desde el punto de vista psicológico, se puede afirmar que la FE ha madurado cuando se convierte en el factor integrador de la personalidad, es decir cuando todas nuestras decisiones y acciones giran en torno a la Fe que profesamos, al Dios que amamos. Y esta maduración alcanza un clímax en la experiencia de Dios. A partir de allí todo se ve de manera diferente, y la fe se convierte en entonces en el criterio para nuestras valoraciones y toma de decisiones en los demás aspectos de nuestra vida.
Por eso los grandes místicos hablan de la “segunda conversión”. Un místico es una persona que logra tener encuentros tan intensos con Dios, que pone toda su vida en función del amor a Dios y al prójimo, como por ejemplo San Francisco de Asís o Santa Teresa de Ávila, entre muchos otros.
Pero la experiencia de Dios no es solo un evento unilateral, que depende únicamente de nuestra conciencia, de nuestra voluntad, acerca de un fenómeno llamado Dios. Es una relación. Del mismo modo, cuando se experimenta amor, se requieren al menos dos personas que se aman. Entonces la experiencia de Dios no consiste solo en saber que El existe de verdad, no es un simple acto intelectual; significa haber iniciado una relación cercana con El, una relación de amor y amistad.
Veamos tan solo dos versículos de la Biblia, donde Jesús le explicaba a sus discípulos el tipo de relación que espera de nosotros. En el primero va al grano, el amor; una persona le preguntó: “«Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la Ley?». Jesús le dijo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el gran mandamiento, el primero.” (Mateo 22, 36-38). Mas claro imposible. No se trata de admitir intelectualmente su existencia, sino que se trata de amarlo, es lo que espera de nosotros.
En el segundo se destaca la amistad: “No hay amor más grande que dar la vida por sus amigos, y son ustedes mis amigos si cumplen lo que les mando. Ya no les llamo servidores, porque un servidor no sabe lo que hace su patrón. Los llamo amigos.” (Juan 15, 13-15).
De modo Dios no espera de nosotros el reconocimiento como de un vasallo. Él espera que le amemos, que estrechemos con Él una profundad relación de amistad. Pero para llegar a esto el primero se nos revela a través de la “experiencia de Dios”.
Este recorrido no podemos hacerlo sin la ayuda del mismo Dios. Hay que pedirle que nos permita conocerlo y El con seguridad enviará su Espíritu Santo para asistirnos. El mismo Jesús le dijo a sus Apóstoles: “el Espíritu Santo, el Intérprete que el Padre les va a enviar en mi Nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho.” (Juan 14, 26). San Pablo nos dice también en la Biblia: “Ni ojo vio, ni oído oyó, ni por mente humana han pasado las cosas que Dios ha preparado para los que lo aman. Pero a nosotros nos lo reveló Dios por medio de su Espíritu, pues el Espíritu escudriña todo, hasta las profundidades de Dios.” (2da Corintios 2, 9-10).
Dios siempre se ha revelado a quienes lo buscan con sincero corazón. Nos dice la Biblia: “Cuando me invoquen y vengan a suplicarme, yo los escucharé; y cuando me busquen me encontrarán, siempre que me imploren con todo su corazón. Entonces haré que me encuentren” (Jeremías 29, 13-14). También dijo Jesús: “Pidan y se les dará; busquen y hallarán; llamen y se les abrirá la puerta. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y se abrirá la puerta al que llama.” (Mateo 7, 7-8).
La invitación es entonces a transitar los caminos de este itinerario espiritual, para vivir la experiencia de Dios, y a partir de allí estrechar nuestra relación de amistad y amor con Él.
