El 18 de Diciembre de 2023, el PP Francisco publica la declaracion Fiducia supplicans, sobre el sentido pastoral de las bendiciones, pero que toca el tema de la bendición de parejas homosexuales o en situación irregular, lo cual ha causado un gran revuelo y ha sido objetada por algunos obispos en distintas partes del mundo. Acá presento algunas consideraciones sobre dicha declaración.
En primer lugar, antes de hacer cualquier comentario u observación, te recomiendo leer el texto completo de la declaración, que es de pocas páginas (Fiducia supplicans). Destaquemos ahora los siguientes párrafos:
#4: Se trata de evitar que «se reconoce como matrimonio algo que no lo es». Por lo tanto son inadmisibles ritos y oraciones que puedan crear confusión entre lo que es constitutivo del matrimonio, como «unión exclusiva, estable e indisoluble entre un varón y una mujer, naturalmente abierta a engendrar hijos», y lo que lo contradice. Esta convicción está fundada sobre la perenne doctrina católica del matrimonio. Solo en este contexto las relaciones sexuales encuentran su sentido natural, adecuado y plenamente humano. La doctrina de la Iglesia sobre este punto se mantiene firme.
#20: Quien pide una bendición se muestra necesitado de la presencia salvífica de Dios en su historia, y quien pide una bendición a la Iglesia reconoce a esta última como sacramento de la salvación que Dios ofrece. Buscar la bendición en la Iglesia es admitir que la vida eclesial brota de las entrañas de la misericordia de Dios y nos ayuda a seguir adelante, a vivir mejor, a responder a la voluntad del Señor.
#33: Es esta una bendición que, aunque no se incluya en un rito litúrgico, une la oración de intercesión a la invocación de ayuda de Dios de aquellos que se dirigen humildemente a Él. ¡Dios no aleja nunca al que se acerca a Él!
#36: En este sentido, es esencial acoger la preocupación del Papa, para que estas bendiciones no ritualizadas no dejen de ser un simple gesto que proporciona un medio eficaz para hacer crecer la confianza en Dios en las personas que la piden, evitando que se conviertan en un acto litúrgico o semi-litúrgico, semejante a un sacramento.
#39: De todos modos, precisamente para evitar cualquier forma de confusión o de escándalo, cuando la oración de bendición la solicite una pareja en situación irregular, aunque se confiera al margen de los ritos previstos por los libros litúrgicos, esta bendición nunca se realizará al mismo tiempo que los ritos civiles de unión, ni tampoco en conexión con ellos. Ni siquiera con las vestimentas, gestos o palabras propias de un matrimonio. Esto mismo se aplica cuando la bendición es solicitada por una pareja del mismo sexo.
Queda claro entonces que dicha bendición no es para formalizar ni autorizar ni legalizar una unión irregular, sino que es un gesto pastoral de oración e intercesión, para ayudar en su crecimiento espiritual al creyente que busca a Dios en la Iglesia, que se encuentra en una condición particular en su vida personal.
Por definición, una Bendición es «implorar a Dios la gracia del Espíritu Santo» (Cfr Catecismo de la Iglesia, # 2627). El derecho de la Iglesia establece quienes pueden recibir una bendidión:
Las bendiciones se han de impartir en primer lugar a los católicos, pero pueden darse también a los catecúmenos e incluso a los no católicos, a no ser que obste una prohibición de la Iglesia. (cc 1170 CIC).
Como puede apreciarse, en el Derecho no se establecen exclusiones de ningún tipo.
Recordemos lo que dijo San Juan Pablo II en la encíclica Dives in Misericordia:
#15: Elevemos nuestras súplicas, guiados por la fe, la esperanza, la caridad que Cristo ha injertado en nuestros corazones. Esta actitud es asimismo amor hacia Dios, a quien a veces el hombre contemporáneo ha alejado de sí ha hecho ajeno a sí, proclamando de diversas maneras que es algo « superfluo ». Esto es pues amor a Dios, cuya ofensa-rechazo por parte del hombre contemporáneo sentimos profundamente, dispuestos a gritar con Cristo en la cruz: « Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen ». Esto es al mismo tiempo amor a los hombres, a todos los hombres sin excepción y división alguna: sin diferencias de raza, cultura, lengua, concepción del mundo, sin distinción entre amigos y enemigos. Esto es amor a los hombres que desea todo bien verdadero a cada uno y a toda la comunidad humana, a toda familia, nación, grupo social; a los jóvenes, los adultos, los padres, los ancianos, los enfermos: es amor a todos, sin excepción. Esto es amor, es decir, solicitud apremiante para garantizar a cada uno todo bien auténtico y alejar y conjurar el mal.
El enfoque pastoral de la Fiducia supplicans es pues el de la misericordia.
No se puede olvidar que TODOS somos pecadores, y todos estamos necesitados de Dios. Ningun ser humano está excento de la necesidad de la misericordia y el perdón de Dios.
Hay que considerar que generalmente las uniones a las que se refiere la Fiducia se originan en la debilidad de la condición humana, y como tales, representan para el cristiano un reto de lucha interior. Cuantas veces no hemos confesado el mismo pecado frente al sacerdote? Pecados que por nuestra debilidad nos cuesta mucho superar, y aun asi no dejamos de participar en la Liturgia ni nos alejamos de Dios. Recordamos entonces a San Pablo (Romanos 7, 14-25):
Sabemos que la ley es espiritual, pero yo soy débil, vendido como esclavo al pecado. No entiendo el resultado de mis acciones, pues no hago lo que quiero, y en cambio aquello que odio es precisamente lo que hago. Pero si lo que hago es lo que no quiero hacer, reconozco con ello que la ley es buena. Así que ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que está en mí. Porque yo sé que en mí, es decir, en mi naturaleza débil, no reside el bien; pues aunque tengo el deseo de hacer lo bueno, no soy capaz de hacerlo. No hago lo bueno que quiero hacer, sino lo malo que no quiero hacer. Ahora bien, si hago lo que no quiero hacer, ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que está en mí. Me doy cuenta de que, aun queriendo hacer el bien, solamente encuentro el mal a mi alcance. En mi interior me gusta la ley de Dios, pero veo en mí algo que se opone a mi capacidad de razonar: es la ley del pecado, que está en mí y que me tiene preso. ¡Desdichado de mí! ¿Quién me librará del poder de la muerte que está en mi cuerpo? Solamente Dios, a quien doy gracias por medio de nuestro Señor Jesucristo. En conclusión: yo entiendo que debo someterme a la ley de Dios, pero en mi debilidad estoy sometido a la ley del pecado.
Es que acaso hay alguien que no se sienta identificado con lo que dice San Pablo? Como dijo el propio Jesús: «el que esté libre de pecado que lance la primera piedra» (Juan 8, 7).
