7. La vida de fe: conversión permanente

Muchas religiones y sectas ofrecen beneficios en esta vida terrena y sobre esas promesas basan su estrategia de captación de feligresía. Las personas se acercan a su deidad para manipular las “energías” a su favor, y se convierte en una relación basada en el interés. Pero ya hemos visto que Dios espera de nosotros una relación basada en el amor. Las promesas de la fe cristiana van más allá de esta vida: nos ofrece la salvación, la vida eterna junto a Dios, la felicidad suprema. En el seguimiento de Jesús sin duda se lograrán muchas cosas en lo personal, pero es un camino por recorrer, con momentos de todo tipo, con alegrías y tristezas, altos y bajos, momentos buenos, momentos malos. Lo importante es mantenernos fieles en el amor.

Este camino no es fácil. En cierta ocasión, Jesús iba enseñando por ciudades y pueblos mientras se dirigía a Jerusalén. Alguien le preguntó: «Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvarán?» Jesús respondió: «Esfuércense por entrar por la puerta angosta» (Lucas 13, 22-34). Ya nos está diciendo que no es fácil. Hay una palabra clave: ESFUERCENSE!!! También nos lo recuerda Pedro en su 2da carta: «Con una esperanza así, queridos hermanos, esfuércense para que Dios los encuentre en su paz, sin mancha ni culpa.» (2 Pedro 3, 14).

La actitud del cristiano ante la vida es siempre de agradecimiento y optimismo. Nos dice la Biblia: “Estén siempre alegres, oren sin cesar y den gracias a Dios en toda ocasión; ésta es, por voluntad de Dios, su vocación de cristianos.” (1ra Tesalonicenses 5, 16-18). Y en otra parte también nos dice: “Estén siempre alegres en el Señor; se lo repito, estén alegres y tengan buen trato con todos. El Señor está cerca. No se inquieten por nada; antes bien, en toda ocasión presenten sus peticiones a Dios y junten la acción de gracias a la súplica. Y la paz de Dios, que es mayor de lo que se puede imaginar, les guardará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús.” (Filipenses 4, 4-7)

En este camino de crecimiento espiritual es un proceso continuo, que sólo acabará cuando nos toque partir de este mundo. El mismo San Pablo nos dice: “No creo haber conseguido ya la meta ni me considero un «perfecto», sino que prosigo mi carrera para conquistarla, como ya he sido conquistado por Cristo. No, hermanos, yo no me creo todavía calificado, pero para mí ahora sólo vale lo que está adelante; y olvidando lo que dejé atrás, corro hacia la meta, con los ojos puestos en el premio de la vocación celestial, que es llamada de Dios en Cristo Jesús.” (Filipenses 3, 12-14) Un ingrediente necesario es entonces la HUMILDAD. Se trata simplemente de admitir que por el hecho de ser seguidores de Jesús no somos perfectos, y siempre nos faltará mucho por mejorar. Por eso también nos dice la Biblia: “Revístanse de humildad unos para con los otros, porque Dios resiste a los orgullosos, pero da su gracia a los humildes.” (1ra Pedro 5, 5).

Pero ser humilde no significa tener una baja autoestima. Es la aceptación de uno mismo tal y como soy, con defectos pero también con virtudes. Cuando Jesús nos dijo “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 12, 31), da por sentado que tenemos amor propio.

Si nos aceptamos a nosotros mismos, entonces seremos también capaces de aceptar a los demás tal y como son. Recordemos lo que nos dice Jesús en la Biblia: “Sean compasivos como es compasivo el Padre de ustedes. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados” (Lucas 6, 36-37). El cristiano debe saber ponerse en los zapatos del otro y no juzgar de buenas a primeras, suponiendo y haciendo conjeturas sobre las cosas que creemos saber de la vida de los demás.

El cristiano también debe caracterizarse por su vocación de servicio. La Biblia está llena de versículos sobre ese tema, para basta citar las palabras de Jesús: “Hagan como el Hijo del Hombre, que no vino a ser servido, sino a servir” (Mateo 20, 28 / Marcos 10, 45). Y también: “Entonces se sentó, llamó a los Doce y les dijo: «Si alguno quiere ser el primero, que se haga el último y el servidor de todos.»” (Marcos 9, 35). La invitación es entonces a vivir a con intensidad este camino del crecimiento espiritual, con sus altos y bajos, sus primaveras y desiertos; es un camino que nunca acaba pero nos espera una gran recompensa al final de nuestra por esta vida.