El primer paso para recorrer este camino espiritual, es dejarse asombrar por la maravilla de la creación. Dice un texto en la Biblia: “El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos: el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra. Sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje.” (Salmo 19)
Te sugiero que una noche cualquiera, mires el cielo y trates de imaginar la infinitud del universo, sus extraordinarias dimensiones, y entonces te descubrirás a ti mismo como un minúsculo puntito.
La ciencia alcanza a comprender todo el proceso evolutivo del universo y de la vida, pero aún hay muchas preguntas que no alcanzan a responder. De acuerdo a la ciencia, todo el universo surgió de la expansión de una partícula más pequeña que un átomo, el evento llamado Big Bang, pero se desconoce por qué ocurrió. Se sabe cómo funciona la biología celular, pero se desconoce por qué surge la vida, como se pasó de la materia inerte y sin vida, a los seres animados, con vida.
Se comprende el funcionamiento de la molécula de ADN, pero se desconoce que impulsó su aparición y evolución. Es maravilloso ver cómo esa pequeña molécula es un complejo código desarrollado a partir de la combinación de apenas cuatro caracteres, y que es capaz de contener toda la información de un ser vivo, de cada uno de sus órganos, y asigna a cada célula del cuerpo una función específica.
Es verdaderamente asombroso ver la coincidencia de elementos y condiciones presentes en nuestro planeta para posibilitar el surgimiento y desarrollo de la vida.
El planeta que habitamos está repleto de una gran diversidad de especies vivas, con una belleza extraordinaria, en un equilibrio que apenas logramos comprender.
Luego estamos nosotros mismos, los seres humanos. El rasgo más inquietante para la ciencia es la “autoconciencia”. Se comprende la fisiología del cerebro, pero no cómo es que tenemos conciencia. ¿Cómo tengo conciencia de mí mismo? ¿Que yo soy yo? ¿Cómo es que estoy consciente y reconozco el mundo que me rodea? ¿Cómo tengo conciencia de que interactúo con otras personas?.
Luego está la “neuroplasticidad”. Esa fabulosa capacidad de aprender cosas nuevas. Le sigue el “lenguaje”, que no es simplemente la habilidad de comunicarnos, sino la capacidad de pensar y elaborar conceptos, pues pensamos en un lenguaje. Tenemos los sentidos que nos permiten percibir el entorno: la vista, el oído, el gusto, el olfato y el tacto. Pero también tenemos un sentido intangible: la intuición de lo espiritual. Pero al igual que los cinco sentidos, la intuición de lo espiritual debe ser desarrollada.
Así como un músico es capaz de reconocer diferencias sutiles entre sonidos, o como un artista plástico es capaz de percibir sutiles diferencias entre tonalidades de un mismo color, o un catador percibe diferencias de aromas y sabores, así también si desarrollamos la intuición de lo espiritual, podremos también aprender a percibir la presencia de Dios. El primer paso, asombrarse ante la maravilla de la creación y reconocerse uno mismo como parte de ella.
