5. Liturgia y sacramentos

Los sacramentos son signos que comunican eficazmente la gracia de Dios y fueron instituidos por el mismo Jesucristo: el bautismo, la confirmación, la Eucaristía, la reconciliación, la unción de los enfermos, el matrimonio y el orden sacerdotal. Si comunican la gracia de Dios, entonces son necesarios para la vida cristiana. Los Apóstoles que convivieron con Jesús recibieron de Él los siete sacramentos, bien como mandato directo, como en el caso del bautismo, o bien mediante el ejemplo y la predicación, como en el caso del matrimonio. Pero no todo gesto ni mandato de Jesús era considerado un sacramento, como por ejemplo el lavatorio de los pies. Los Apóstoles que convivieron con Jesús entendieron qué era un sacramento y que no, los asumieron como práctica de la iglesia naciente, y se han mantenido hasta hoy.

En tiempos los Apóstoles los primeros cristianos emplearon un documento llamado la “Didache”, escrito en el S. I,  antes de la destrucción del templo de Jerusalén en el año 70 DC, o también los escritos de San Ignacio de Antioquía. En ambos escritos ya se veía la práctica de los sacramentos. El rito de los sacramentos ha ido evolucionando con el tiempo, pero en esencia son los mismos que celebraban los Apóstoles y los primeros cristianos en el Siglo I.

Para muchas personas la misa es un rito de obligatorio cumplimiento, y para otras lo relevante está en los catos o en la predicación del sacerdote. Pero en realidad es mucho más, sin embargo, para descubrir su sentido profundo, se debe participar en ella como “oración”. Para entender esto, tomemos el ejemplo de un concierto; el cantante interpreta el tema y el público sigue con la mente la letra de la canción, y siente la melodía en su interior. Así mismo debería ser nuestra participación en la misa. El sacerdote que preside la celebración es como el cantante, y nosotros debemos involucrarnos de tal modo en su oración, que sintamos que nosotros oramos con él.

Lo primero es conocer bien las partes de la Misa. La Misa es una oración que se dirige a Dios Padre, siempre invocando la intercesión de su Hijo Jesucristo. También es importante conocer las distintas plegarias eucarísticas, para que se nos haga más fácil seguir la oración del sacerdote. Las oraciones que rezamos de forma colectiva como el Gloria o el Padre Nuestro, debemos recitarlas con sentido, como quien le habla al ser amado, con el corazón y la mente.

En la Misa ocurren varios milagros, invisibles a nuestra vista. El primero es al invocar a Dios, en las tres Divinas Personas, y se hace presente en medio de todos. Como ya lo afirmó Jesús: “donde están dos o tres reunidos en mi Nombre, allí estoy yo, en medio de ellos.” (Mateo 18, 20). Al invocarlo “En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”, DIOS SE HACE PRESENTE EN MEDIO DE TODOS!. Otro gran milagro ocurre el sacerdote consagra las especies de pan y vino, y se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo; no ocurre simbólicamente, realmente cambian su sustancia y Dios se hace alimento! En el momento específico de la consagración es el mejor momento para presentar a Dios nuestra súplicas o peticiones, pues en ese preciso momento están los ángeles de Dios recogiendo cada una de nuestras peticiones para llevarlas directamente a la presencia de Dios.

Ciertamente la falta de piedad de algunos ministros dificulta que los fieles asistentes a la celebración se hagan partícipes de su oración. Pero una vez que se conocen bien las partes de la misa, ya nos se depende tanto del ardor que el sacerdote le ponga a la celebración.

La invitación es entonces a conocer bien las partes de la Misa, para así poder participar en ellas como parte de la oración de la Iglesia.