Los sacramentos son signos que comunican eficazmente la gracia de Dios y fueron instituidos por el mismo Jesucristo: el bautismo, la confirmación, la Eucaristía, la reconciliación, la unción de los enfermos, el matrimonio y el orden sacerdotal.
Los Apóstoles que convivieron con Jesús recibieron de Él los siete sacramentos, bien como mandato directo, como en el caso del bautismo, o bien mediante el ejemplo y la predicación, como en el caso del matrimonio.
Pero no todo gesto ni mandato de Jesús era considerado un sacramento, como por ejemplo el lavatorio de los pies. Los Apóstoles que convivieron con Jesús entendieron qué era un sacramento y que no, los asumieron como práctica de la iglesia naciente, y se han mantenido hasta el día de hoy.
En tiempos los Apóstoles los primeros cristianos emplearon un documento llamado la Didache, escrito en el S. I antes de la destrucción del templo de Jerusalén en el año 70 DC, o también los escritos de San Ignacio de Antioquía. En ambos ya se veía la práctica de los sacramentos. El rito de los sacramentos ha ido evolucionando con el tiempo, pero en esencia son los mismos que celebraban los Apóstoles y los primeros cristianos en el Siglo I.
Jesús nos dice a sus discípulos: permanezcan en mí como yo permanezco en ustedes. Un sarmiento no puede producir fruto por sí mismo si no permanece unido a la vid; tampoco ustedes pueden producir fruto si no permanecen en mí. (Juan 15, 4).
Mediante los sacramentos, Jesús quiso asegurarse que nos mantuviéramos unidos a El, y que recibiéramos de su Espíritu Santo la gracia necesaria para vivir asistidos por El durante cada etapa nuestras vidas.
Qué gracia comunican?
- Bautismo
Hijos de Dios en Jesucristo
La instrucción más explícita de Jesús es sobre el Sacramento del Bautismo. Antes de despedirse de sus discípulos les dijo:
Jesús se acercó y les habló así: «Me ha sido dada toda autoridad en el Cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado a ustedes. Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia.» (Mateo 28, 18-20).
Luego, solo en los Hechos de los Apóstoles se mencionan 13 relatos de bautismos, como puerta de entrada a la fe cristiana. No había ninguna duda sobre el carácter indispensable del bautismo para iniciarse en la vida cristiana como Hijo de Dios.
Aunque algunas personas se ahogan en un vaso de agua sobre el tema del pecado original, en realidad lo más importante es el nacimiento a una nueva vida como hijo de Dios en Jesucristo:
Ustedes están en Cristo Jesús, y todos son hijos de Dios gracias a la fe. Todos se han revestido de Cristo, pues todos fueron entregados a Cristo por el bautismo. (Gálatas 3, 26-27).
Por medio del Bautismo también nos hacemos participes en la triple misión de la Iglesia: santificar, enseñar y dirigir. Para la función de santificar recibimos el sacerdocio común de los fieles, que hace que nuestras oraciones sean llevadas a Dios y nos permite unirnos a la oración del sacerdote en las celebraciones litúrgicas (por ejemplo en la Misa).
- Confirmación
El don del Espíritu Santo
En varios textos del Nuevo Testamento se nos habla del Don de Espíritu Santo como algo distinto del Bautismo:
Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén tuvieron noticia de que los samaritanos habían aceptado la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan. Bajaron y oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo, ya que todavía no había descendido sobre ninguno de ellos y sólo habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús. Pero entonces les impusieron las manos y recibieron el Espíritu Santo. (Hechos 8, 14-17)
Todavía estaba hablando Pedro, cuando el Espíritu Santo bajó sobre todos los que escuchaban la Palabra. Y los creyentes de origen judío, que habían venido con Pedro, quedaron atónitos: «¡Cómo! ¡Dios regala y derrama el Espíritu Santo también sobre los que no son judíos!» Y así era, pues les oían hablar en lenguas y alabar a Dios. Entonces Pedro dijo: «¿Podemos acaso negarles el agua y no bautizar a quienes han recibido el Espíritu Santo como nosotros?» Y mandó bautizarlos en el nombre de Jesucristo. (Hechos 10, 44-48)
Mientras Apolo estaba en Corinto, Pablo llegó a Efeso atravesando las regiones altas; encontró allí a algunos discípulos y les preguntó: «¿Recibieron el Espíritu Santo cuando abrazaron la fe?» Le contestaron: «Ni siquiera hemos oído decir que se reciba el Espíritu Santo.» Pablo les replicó: «Entonces, ¿qué bautismo han recibido?» Respondieron: «El bautismo de Juan.» (Hechos 19, 1-3). En este texto se entiende por “bautismo de Juan” el bautismo con agua.
Si el bautismo nos hace hijos de Dios, la Confirmación completa la gracias del bautismo, y nos da los dones del Espíritu Santo para crecer en la Fe.
- Eucaristía
Jesús, el Pan de Vida
Es clara la institución de la Eucaristía por parte de Jesús:
| Mateo 26, 26-28: Mientras comían, Jesús tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomen y coman; esto es mi cuerpo.» Después tomó una copa, dio gracias y se la pasó diciendo: «Beban todos de ella: esto es mi sangre, la sangre de la Alianza, que es derramada por muchos, para el perdón de sus pecados. | Marcos 14, 22-24: Durante la comida Jesús tomó pan, y después de pronunciar la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: «Tomen, esto es mi cuerpo.» Tomó luego una copa, y después de dar gracias, se la entregó y todos bebieron de ella. Y les dijo: «Esto es mi sangre, la sangre de la Alianza, que será derramada por muchos. | Lucas 22, 19-20: Después tomó pan y, dando gracias, lo partió y se lo dio diciendo: «Esto es mi cuerpo, que es entregado por ustedes. (Hagan esto en memoria mía.» Hizo lo mismo con la copa después de cenar, diciendo: «Esta copa es la alianza nueva sellada con mi sangre, que es derramada por ustedes»). |
Y posteriormente se hizo parte de la vida la práctica para reunirse en torno a “la fracción del pan”. San Pablo hace muchas menciones de esto, pero tomemos solo dos:
El primer día de la semana estábamos reunidos para la fracción del pan… (Hechos 20, 7)
Yo he recibido del Señor lo que a mi vez les he transmitido. El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan y, después de dar gracias, lo partió diciendo: «Esto es mi cuerpo, que es entregado por ustedes; hagan esto en memoria mía.» De igual manera, tomando la copa, después de haber cenado, dijo: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre. Todas las veces que la beban háganlo en memoria mía.» Fíjense bien: cada vez que comen de este pan y beben de esta copa están proclamando la muerte del Señor hasta que venga. (1ra Corintios 11, 23-26).
- Penitencia y Reconciliación
El perdón de los pecados
Este es un sacramento muy cuestionado por mucha gente, porque argumentan que cómo un pecador (el sacerdote) puede perdonar pecados, o por qué tengo que contarle mis secretos y pecados a persona, que puede ser tan pecador como yo o más.
En el Nuevo Testamento, se nos revela un Jesús que explícitamente perdona los pecados; los episodios más emblemáticos, el del paralítico y el de la mujer adúltera:
Allí le llevaron a un paralítico, tendido en una camilla. Al ver Jesús la fe de esos hombres, dijo al paralítico: «¡Animo, hijo; tus pecados quedan perdonados!» (Mateo 9, 2, Marcos 2, 5).
Después dijo a la mujer: «Tus pecados te son perdonados». (Lucas 7,48)
Así mismo, en numerosas parábolas enseñaba sobre el perdón: El hijo pródigo, el fariseo en el templo, la viuda en el templo, etc, pero toda su enseñanza sobre el perdón de los pecados queda resumida y plasmada en el Padre Nuestro: “perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a quien nos ofende” (Mateo 6,12).
En la confesión de fe de Pedro, cuando lo llama el Cristo, Jesús extiende su facultad de perdonar:
Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos: lo que ates en la tierra quedará atado en el Cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el Cielo.» (Mateo, 16,19)
Y al momento de partir (Ascensión), Jesús le dejó el mandato del perdón a sus Apóstoles, y les facultó para ello:
Jesús les volvió a decir: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envío a mí, así los envío yo también.» Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo: a quienes perdonen sus pecados, serán perdonados, y a quienes se los retengan, les serán retenidos.» (Juan 20,21-23, Cfr Mateo 18,18)
La Iglesia primitiva sigue luego el ejemplo de su Señor. La primera carta de Juan reflexiona sobre este tema:
Si decimos que no tenemos pecado, nos estamos engañando a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Pero si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará nuestros pecados y nos limpiará de toda maldad. Si dijéramos que no hemos pecado, sería como decir que él miente, y su palabra no estaría en nosotros. (1 Juan 1,8-10)
Al mencionar “confesión”, el apóstol Juan no se refiere expresamente al rito del sacramento tal como lo conocemos hoy, sino al hecho de reconocer que somos pecadores y confesar ante la comunidad que se ha cometido alguna falta. Lo que si queda claro acá es la facultad de la Iglesia de ofrecer y otorgar el perdón de los pecados, primero por medio del bautismo, y luego a través de un acto expreso de perdón de las faltas cometidas posteriores al bautismo. Lo que si queda claro, es el requisito previo de conversión y arrepentimiento para recibir el perdón.
- Unción de los enfermos
Fortaleza en la enfermedad
En los Evangelios solo aparecen dos textos de Marcos que explícitamente mencionan el gesto de imponer las manos y ungir con aceite a los enfermos:
sanaban a numerosos enfermos, ungiéndoles con aceite (Marcos 6,13)
impondrán las manos sobre los enfermos y quedarán sanos (Marcos 16,18)
La Carta de Santiago, escrita entre finales del Siglo I y comienzos del S. II, ya muestra explícitamente el uso de la unción en los enfermos entre los primeros cristianos:
¿Hay alguno enfermo? Que llame a los ancianos de la Iglesia, que oren por él y lo unjan con aceite en el nombre del Señor. La oración hecha con fe salvará al que no puede levantarse y el Señor hará que se levante; y si ha cometido pecados, se le perdonarán. (Santiago 5, 13-15)
En este texto se destacan tres elementos:
- La unción con óleo, que más que procurar un efecto curativo, busca la consagración a Dios, de acuerdo a la práctica judía, expresando además vida, salud y favor divino.
- La oración de los presbíteros, donde la Iglesia ofrece su propia mediación a través de sus ministros para obtener de ella el mayor efecto.
- Los efectos que se le atribuyen: salvará al enfermo, lo levantará y le perdonará los pecados.
Con este sacramento la fe no pretende competir con la medicina en la lucha contra las enfermedades, sino invitar al hombre a confiar siempre en Dios, fuente de vida, y llamarlo a reflexionar sobre sus propias limitaciones, para descubrir, desde las aflicciones, el valor de la vida en cuerpo y espíritu.
- Orden sacerdotal
Sacerdotes, pastores, maestros
El único mediador real entre Dios y los hombres es Jesucristo, y todos los bautizados podemos con nuestra oración ser mediadores los unos por los otros, compartiendo esta función sacerdotal de la Iglesia. Es lo que llamamos el sacerdocio del pueblo de Dios o sacerdocio común de los fieles.
Dice Pedro:
También ustedes, como piedras vivas, se han edificado y pasan a ser un Templo espiritual, una comunidad santa de sacerdotes que ofrecen sacrificios espirituales agradables a Dios por medio de Cristo Jesús. (1 Pedro 2, 5)
Sin embargo, para la celebración de los sacramentos se requieren hombres consagrados para esta tarea. Los sacramentos se realizan en nombre de Cristo, y es El quien actúa en la persona del ministro o sacerdote. Cuando se perdonan pecados, es Cristo quien perdona, no el hombre que escucha la confesión y expresa el gesto del perdón.
Dice la carta a los Hebreos:
Todo sumo sacerdote es tomado de entre los hombres y los representa en las cosas de Dios; por eso ofrece dones y sacrificios por el pecado. Es capaz de comprender a los ignorantes y a los extraviados, pues también lleva el peso de su propia debilidad; por esta razón debe ofrecer sacrificios por sus propios pecados al igual que por los del pueblo. (Hebreos 5, 1-3)
Es lo que conocemos como sacerdocio ministerial. En la Iglesia tenemos 3 niveles del sacerdocio: los obispos, que son sucesores de los Apóstoles y los presbíteros (los que comúnmente llamamos sacerdotes, y son colaboradores directos del obispo), quienes ejercen el sacerdocio como tal; los diáconos asisten al obispo en tareas del servicio a la comunidad cristiana.
Esta forma de organizarnos proviene desde los días de los Apóstoles y los textos del Nuevo Testamento nos dan muchas referencias sobre ello. Solo por citar unas:
Si alguien aspira al cargo de obispo, no hay duda de que ambiciona algo muy eminente. Es necesario, pues, que el obispo sea irreprochable (1 Timoteo 3, 1)
Los diáconos también han de ser respetables y de una sola palabra, moderados en el uso del vino; que no busquen dinero mal ganado y que guarden el misterio de la fe en una conciencia limpia. (1 Timoteo 3, 8)
En cada Iglesia les hacían designar presbíteros y, después de orar y ayunar, los encomendaban al Señor en quien habían creído. (Hechos 14, 23)
Entonces los apóstoles y los presbíteros, de acuerdo con toda la Iglesia, decidieron elegir a algunos hombres de entre ellos para enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. (Hechos 15, 22)
Es claro pues que para ser sacerdotes se eligen personas que se consagran de manera especial para ejercer esta función en la Iglesia.
- Matrimonio
La santidad en la pareja
El sacramento del matrimonio es el único donde el ministro no es el sacerdote, sino que lo es la propia pareja. Técnicamente hablando, el sacerdote es el testigo oficial que presencia en nombre de la Iglesia que una pareja se consagró en matrimonio. La pareja expresa en público en medio de la comunidad cristiana su deseo de casarse, y luego el matrimonio debe consumarse en la intimidad del acto sexual. Por eso en los primeros siglos, el sacerdote bendecía la cama, como el “altar” en donde se consumaría el matrimonio.
Más que el rito como tal, el matrimonio es una institución natural. La condición esencial para la validez del sacramento es el AMOR y el deseo de entrega única y exclusiva en la pareja, en función de la búsqueda de su propia FELICIDAD y la procreación de los hijos. Cuando un matrimonio es realizado por conveniencia o por acuerdos de otra índole distintos al amor, es nulo, aun cuando sea presenciado por un obispo en una catedral. Y del mismo modo, una pareja que tengo años viviendo juntos, con hijos, establecidos como una familia, se considera ya un matrimonio y por eso cuando desean formalizarla ante la Iglesia se les otorga una bendición de santificación de hogar, pero implícitamente se asume que el sacramento ya ha sido celebrado y consumado.
Lo que profesamos sobre el matrimonio tiene origen en las palabras del mismo Jesús:
Se le acercaron unos fariseos y lo pusieron a prueba con esta pregunta: «¿Está permitido a un hombre divorciarse de su mujer por cualquier motivo?» Jesús respondió: «¿No han leído que el Creador al principio los hizo hombre y mujer y dijo: El hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá con su mujer, y serán los dos una sola carne? De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre.» (Mateo 19, 3-6)
Y San Pablo comenta:
que cada hombre tenga su propia esposa, y cada mujer, su propio marido. Que el marido cumpla los deberes conyugales con su esposa; de la misma manera, la esposa con su marido. La mujer no es dueña de su cuerpo, sino el marido; tampoco el marido es dueño de su cuerpo, sino la mujer. No se nieguen el uno al otro (1 Corintios 7, 2-4)
Si los sacramentos comunican la gracia de Dios y fueron instituidos por Jesucristo, por qué privarnos de ellos buscando a Cristo en otra iglesia que no los ofrece?
